Jeremy Rifkin en una conferencia ofrecida en Montevideo en los años 90 aseguraba que el trabajador no era solo un asalariado, también era un consumidor, tal como lo entendió Henry Ford a principios del siglo XX; razón por la cual pagaba a sus trabajadores por sobre la media del mercado salarial. Los trabajadores terminarían comprando sus carros. Era la lógica que perseguía y no se equivocó.

Ya muchos años antes, en Venezuela, Rómulo Betancourt había entendido que para industrializar aquel país agrícola y atrasado de principios del siglo XX -Venezuela se incorporó al macroproceso de la Revolución Industrial a partir de la primera década del siglo XX, con el inicio del proceso de desarrollo de la industria petrolera- en el cual insurgió como político, había que crear un mercado de consumo. Esta fue una de las razones que justificó el impulso de la reforma agraria que promovió, que aunada a la promoción ideológica y organizativa del trabajador, se constituyó en pilar fundamental del partido Acción Democrática (AD), y de su propia teoría del poder, la llamada ¨Revolución Democrática¨.

A pesar de lo anterior, ya el obrero de la Primera Revolución Industrial, en el siglo XVIII, había entendido lo que planteaban en el siglo XX Rifkin y Betancourt. Aquel proletario del marxismo muy pronto sacó provecho del sistema capitalista, a pesar de todas sus falencias. El sistema capitalista y su marco industrial fue interpretado por aquel proletariado como un mecanismo de acenso social que permitía progresivamente su incorporación y configuración de la llamada clase media. Ello explica, en buena medida, los movimientos migratorios que se dieron desde el campo hacia los paupérrimos centros industriales. En Venezuela, y a propósito de ello, los trabajadores que llevaron a cabo la huelga petrolera de 1936 exigieron, a parte de un muy concreto aumento de 2 Bs. en el salario, el suministro de agua potable en campos petroleros como el de Lagunillas, en el estado Zulia, en los que las temperaturas superaban los 30 grados centígrados. Aún trabajando en aquellas condiciones que pretendían cambiar, ni renunciaron, ni volvieron a los campos, pues las posibilidades de ascenso social ofrecidas en la industria eran inmensamente superiores a las ofrecidas en la actividad agrícola.

En suma, el proletario de Marx había venido abandonado tal condición. Dejando de ser, progresivamente, la clase explotada para ser la pujante clase media o lo que hoy algunos llaman "burguesía", que veía en la industria una alternativa de ascenso (Se afirma que, "la burguesía ha desempeñado en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario". Marx, K y Engels F. "El Manifiesto del Partido Comunista". 1848). Por ello, el trabajador venezolano que simpatizó con el canto de sirenas de la autodemominada ¨Revolución Bolivariana¨, lo hizo bajo la misma lógica capitalista que había aprendido del proletariado del siglo XVIII, y no por aquel batiburrillo ideológico pretendidamente socialista. Las aspiraciones siguieron siendo la maximización de los beneficios y las posibilidades reales de ascenso social y bienestar.

Y esta es la razón por la cual el ¨Socialismo del Siglo XXI¨, al desindustrializar al país, se tornó tan particular que hoy carece de los dos grandes pilares de toda revolución: los trabajadores contemporáneos y los trabajadores futuros (los estudiantes). Y así las cosas, la ¨Revolución Bolivariana¨ tiene sus días contados, pues sólo está sostenida por una red de corrupción y bayonetas.

Luis Lauriño / Industriólogo

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