Hace algunas semanas el mundo entero celebró la llegada a Marte del robot explorador Perseverance. A este júbilo se sumaron miles de mensajes de apoyo y felicitación por parte de las mujeres y de la comunidad latinoamericana, pues dicha misión espacial de la NASA fue liderada por la ingeniera colombiana Diana Trujillo.


Este hecho histórico da pie para abrir un debate en torno a los retos y las oportunidades que tienen las mujeres en el mundo de la tecnología. A escala global, las mujeres representan el 49.58% de la población, según datos del Banco Mundial (2019); sin embargo, las posibilidades de ser parte de la industria tecnológica no están distribuidas en ese mismo porcentaje.


De acuerdo con las Naciones Unidas (2020), la desigualdad entre géneros en la enseñanza de las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) es considerable. En la educación superior, solo el 35% de los estudiantes matriculados en las carreras vinculadas con las STEM son mujeres. Actualmente solo el 28% de los investigadores del mundo son mujeres.


En la región latinoamericana la situación es similar: del 100% de investigadores en ingeniería y tecnología, solo el 36% son mujeres en Uruguay. En Colombia representan el 26%, en Costa Rica el 24%, en El Salvador el 17%, en Honduras el 21.5% y en Bolivia el 19%, según una publicación del 2020 de la UNESCO.


“Esto se traduce en una inmensa reducción de talento para la tecnología y la ciencia, en términos de creatividad y diversidad en los equipos, así como en las perspectivas al abordar temas de investigación y llegar a nuevos resultados”, explica Erika Domínguez, Directora de Planeación Estratégica y Comunicación Corporativa de KIO Networks.


En Guatemala, de acuerdo con ONU Mujeres, las mujeres representan 51.2% de la población. De estas cifras, se estima que la escolaridad promedio para mujeres es de 5.8 años, por lo que las probabilidades de estudiar en la universidad y dedicarse a alguna rama de la tecnología son escasas.


Disparidad basada en tres puntos


Los factores que influyen en esta disparidad se relacionan con situaciones sociales que tienen tres vertientes: acceso a la educación científica de calidad, sesgos o prejuicios que obligan a las mujeres a profesionalizarse en otras carreras y la falta de compromiso de algunas instituciones para permitir que las ciencias tengan una mirada diversa.


“Afortunadamente, varias empresas, instituciones educativas, organismos internacionales y Gobiernos de todo el mundo hemos identificado el problema y lo estamos evidenciando, con el objetivo de que la brecha entre hombres y mujeres en las STEM se reduzca.


Se ha avanzado de manera considerable en la última década, pero todavía podemos trabajar en más estrategias y acciones para que la equidad en estas disciplinas sea una realidad”, agrega Domínguez.


Además de evidenciar, también es necesario destacar acciones concretas que están promoviendo la equidad. Las organizaciones están utilizando sus programas de Responsabilidad Social Empresarial para abrir espacios de mentoría que permitan a las mujeres desarrollarse en el ámbito tecnológico. Asimismo, las autoridades de varios países están impulsando proyectos que han permitido a las mujeres profesionalizarse en estas disciplinas.


El camino del cambio


Gracias a ese cambio de mentalidad que se ha producido en muchos países, mujeres como la ingeniera aeroespacial Diana Trujillo no solo han conquistado el mundo, sino que con sus habilidades y destrezas han permitido que la humanidad conozca otros planetas, como Marte.


La situación de disparidad puede cambiar y para ello, hombres y mujeres deben trabajar en sinergía, sin recelos profesionales y con la actitud de construir mejores sociedades. Por lo tanto, Domínguez ofrece algunos consejos para lograr que las STEM tengan una mayor presencia femenina:




  • Es necesario comenzar con la formación en los primeros años. Las escuelas y establecimientos educativos deben fomentar el interés de las niñas por la ciencia, la tecnología, la medicina y las ingenierías. Los profesores precisan metodologías adecuadas para que el aprendizaje ocurra en condiciones de equidad.

  • Se debe potenciar los conocimientos y las habilidades de las estudiantes de primaria y secundaria para que puedan consolidar su desarrollo profesional, de manera tal que se establezca un entorno donde haya mayor mentoría, acompañamiento y desarrollo de las nuevas generaciones de científicas y expertas en tecnología.

  • Si se toma en cuenta que la tecnología y la ciencia ganan terreno en el mundo, los empleos del presente y del futuro también están vinculados con estas disciplinas. Por lo tanto, los sistemas sociales deben permitir que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades para profesionalizarse en las STEM.

  • En las empresas y corporaciones se necesitan espacios en los que las mujeres sientan libertad de opinar, experimentar y sentirse reconocidas por el trabajo que realizan. Esto también se debe reflejar en la retribución salarial: la remuneración económica debe estar vinculada con la experiencia, el conocimiento y la capacidad.

  • La maternidad no debe ser una limitante para continuar con los estudios o tener crecimiento profesional. Las familias contemporáneas crean condiciones de igualdad en todos los ámbitos: desde el cuidado de los hijos hasta la realización de las tareas del hogar.


El progreso de cualquier país está vinculado con la manera en la que fomenta que todos sus habitantes -hombres, mujeres, niños y niñas- tengan las mismas oportunidades de desarrollo social, emocional, educativo y económico. Dedicarse a una carrera humanística, científica, tecnológica o técnica debe ser una decisión y no una imposición social.


“Las escuelas, universidades, empresas, organismos y países más innovadores serán aquellos que asuman el reto de construir espacios cada vez más abiertos e incluyentes para motivar la participación de las niñas y mujeres en las STEM. Es decir, aquellos que no quieren perder la oportunidad de crear un mejor futuro”, concluye Domínguez.


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