Todo parece indicar que estamos en una era dorada de la innovación. Todos los meses vemos adelantos en ámbitos como inteligencia artificial, terapia genética, robótica y aplicaciones de software. La investigación y desarrollo como porcentaje del Producto Interno Bruto está en el nivel más alto de la historia y en Estados Unidos, al menos, nunca habían existido tantos científicos e ingenieros como en la actualidad.

El problema es que nada de esto ha producido avances significativos en el estándar de vida de los estadounidenses.

Las economías se expanden al proveer más capital a una creciente fuerza laboral, como maquinaria, software y edificios, que luego combinan ese capital y esa mano de obra de manera más creativa. Este último elemento, que los economistas denominan “productividad total de los factores” captura el aporte de la innovación. Su crecimiento en EE.UU. alcanzó su punto máximo de 3,4% en los años 50, cuando adelantos previos como la electricidad, la aviación y los antibióticos tuvieron su mayor impacto. A partir de ahí ha caído paulatinamente y el promedio de la década actual es un patético 0,5%.

Al margen de la tecnología personal, las mejoras en la vida cotidiana han sido incrementales, no revolucionarias. Las casas, los electrodomésticos y los autos son muy semejantes a los de hace una generación. Los aviones no vuelan más rápido que en los años 60 y de los 20 medicamentos más recetados en EE.UU. ninguno llegó al mercado en los últimos 10 años.

El bajón de la innovación es una de las principales razones por la que los estándares de vida estadounidenses se han estancado desde 2000. En realidad, de no haber un vuelco, lo más probable es que el estancamiento continúe y ahonde la indignación que se ha apoderado de la clase media.

Las razones de este estancamiento son sujeto de un acalorado debate entre los economistas, pero hay varios factores en juego. Los obstáculos para transformar ideas en productos comerciables han aumentado. Los avances más fáciles de lograr en ciencia, medicina y tecnología ya se hicieron y los nuevos adelantos son más caros, complejos y susceptibles a error. La innovación es fruto de un proceso de ensayo y error, pero la sociedad se ha vuelto más reacia al riesgo.

No es un problema insoluble. Abunda el capital y empresas tradicionales se han aliado con emprendedores jóvenes para hacer apuestas de alto riesgo en rubros como los automóviles, los viajes espaciales y los drones. Además, algunas autoridades tratan de tolerar un mayor riesgo de modo que esta clase de apuestas rinda frutos.

Los economistas más optimistas recalcan que los adelantos revolucionarios pueden demorar años en transformar una economía. Tuvieron que pasar 40 años después de la introducción del bombillo eléctrico en 1879 antes de que la electricidad tuviera un impacto medible en el crecimiento de la economía estadounidense. Tuvieron que pasar unos 20 años después de la introducción de la computadora personal en los años 70 para que la tecnología de la información impulsara la productividad.

“Recientemente se ha observado un brote de innovaciones, especialmente en inteligencia artificial, que pueden dar resultados dentro de los próximos cinco a 15 años”, predice Erik Brynjolfsson, economista del Instituto de Tecnología de Massachusetts. “Es fácil imaginar que conforme estos avances maduran e invaden la economía, los efectos serán asombrosos”.

No hay que olvidar, sin embargo, que al margen de la informática, los obstáculos a la innovación están aumentando y en ninguna parte eso se puede apreciar con mayor claridad que en la medicina.

En los últimos cien años, las vacunas, los antibióticos y el agua limpia derrotaron a los mayores asesinos de la humanidad. Pero la mayoría de las enfermedades comunes ya tienen sus tratamientos. “Ya no existe una razón comercial o científica para buscar más remedios contra la úlcera”, dice Jack Scannell, del Centro para el Avance de la Innovación Médica Sustentable de la Universidad de Oxford.

Lo que queda, advierte, son males como el Alzheimer, donde no hay una teoría útil del tratamiento. Scannell junto a otros autores estiman que la cantidad de nuevos fármacos aprobados en EE.UU. por dólar de investigación y desarrollo ha caído en la mitad cada nueve años entre 1950 y 2010. Las aprobaciones de medicamentos han aumentado, pero 40% corresponde a medicinas que atacan enfermedades que afligen a menos de 200.000 personas.

La innovación es resultado de un proceso de ensayo y error que, en ocasiones, mata personas. Los accidentes de avión, los derrames tóxicos y las crisis financieras condujeron a nuevas regulaciones que han hecho del mundo un lugar más seguro, pero incrementan los obstáculos para las innovaciones futuras.

Pese a los contratiempos, la innovación sigue adelante y, en algunos ámbitos a una velocidad extraordinaria, como queda de manifiesto en internet y los teléfonos inteligentes.

Una alternativa es explotar el conocimiento en el extranjero. Históricamente, los países se han desarrollado al copiar las ideas de los ricos, como lo demuestra China. Ahora, el flujo de ideas puede ir en la dirección opuesta a medida que el volumen de investigación aumenta en China e India. Los reguladores, por su parte, tendrán que ser más tolerantes al riesgo, algo que ya ha empezado a ocurrir con los vehículos de conducción autónoma.

Actualidad Laboral / Con información de WSJ